…¡Firmes!
2011

La instalación
La infancia es un país extraño. No es un país en el que se deja de vivir por decisión propia: al final, siempre nos expulsan de él. Pero todo a su debido tiempo.
Rudolph Castro ha elegido volver a su país y viajar. O quizá el país lo ha elegido a él y le ha permitido regresar por temporadas. A veces también se concentra en hurgar con claridad en sus recuerdos para entrever cómo es ser niño y pensar que eso es eterno.
La infancia no conoce la muerte, pero lo sospecha todo acerca de ella. En cambio, está expuesta a la vida y a sus avatares, y suele conocer muy bien el grito, el miedo, el golpe y el llanto. Pero su continuo entrar y salir del plano del juego y la fantasía la trastorna tanto que ignora y deja atrás castigos y amenazas, y se arroja y salta, divertida, al vértigo, al frenesí y al paroxismo.
Rudolph Castro se toma la infancia en serio y se acerca a ella como si fuera un estado natural de las cosas que un día se rompe y se va, naturalmente, y deja huellas, cuando no heridas. Todavía no sabe si conserva algún rasguño o desgarro, pero sabe que tiene un espacio de experiencia magullada.
Una historia que no conocía porque nadie se la contó y que, sin embargo, conoce de oídas, porque es capaz de recordar que algo que intuía se introdujo de forma impecable para decidir cómo y a qué jugaba. Por eso revisa una historia personal para definir un imaginario compartido por su generación y recorre los sucesivos campos de iconos que conformaban los distintos juguetes que consumió de niño.
Los adultos, mientras tanto, consumían imágenes de muerte, respiraban asustados y perdían el sueño en otro país. Uno que estaba en guerra.
Abril de 2012 · Traducción del texto publicado en inglés Texto original ↗
«La vi y me fui a Lima inmediatamente, pero nunca me dejaron hablar con ella. Cuando ocurrió el rescate e informaron que los terroristas habían muerto, fui a reclamar su cuerpo, pero nunca me lo entregaron. Les mostré fotos, documentos para demostrar que era mi hija, pero no me dieron su cuerpo», relató Eligia Rodríguez.
Rodríguez afirmó que su hija fue secuestrada por «Los Negros» a comienzos de 1996, mientras lavaba su ropa a orillas del río Perené. Según las grabaciones de audio registradas diariamente mediante los micrófonos introducidos en la residencia japonesa por agentes de la Dirección Nacional contra el Terrorismo (Dincote), Luz Villoslada lloraba todas las noches y le decía a Cerpa Cartolini que quería ver a su madre y a sus hermanos. Un agente antiterrorista que integró el equipo del Comité de Crisis establecido por la policía para afrontar esta delicada situación contó a El Comercio que «la Gringa» le dijo a un exrehén que quería traicionar a Cerpa Cartolini y escapar junto con los 72 rehenes. El rehén la animó a salir juntos, pero la joven respondió nerviosa: «No puedo hacerlo. Si hiciera algo así, el MRTA mataría a toda mi familia».
(«La Gringa» tenía 17 años)
30 de marzo de 2001 · Traducción del texto publicado en inglés Texto original ↗
Detalles del proyecto
- Medio
- Instalación escultórica y sonora
- Disciplina
- Arte
- Materiales
- Seis figuras de resina, hojas secas y audio digital
- Presentación
- Sala 58, Lima, 2012


